Domingo, 07 Mayo 2017 16:34

Una banana entre las tetas es algo muy futbolero

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Voy llegando a toda velocidad en bici a Casa Temenos y me cruzo con un amigo al que, sin bajarme, logro sacarle una naranja de las cuarenta y cinco que traía. En la luz roja intento agarrar el manubrio con la naranja en la mano pero es demasiado grande así que desisto y sigo pedaleando rapidísimo con una sola mano. Corro pero llego sobrada de tiempo y de transpiración. Una gotera de naranja desde mi pera hasta el piso (mientras pienso en la impecabilidad de la mandarina) me encuentra en una conversación entre las organizadoras de Archipiélago, la directora de la obra y nosotros, los espectadores. El hecho de que la charla que suele estar luego de la obra estuviera antes, de algún modo, me condicionó. Supe prontamente que La Pelota no se trataba de una serie de cosas que se fueron acumulando y creciendo con el tiempo, no era una metáfora del universo y su esferidad ni tampoco tenía que ver con las posibilidades del pilates en la escena. Esta pelota, es la primera cosa que nos ofrece tanto nuestro cerebro rioplatense como Google cuando decimos la palabra “pelota”. Obviamente, una de fútbol. Y eso nos quedó bien claro antes de que empezara la obra, ya que esta vez, la directora quiso probar cómo nos influenciaban sus palabras durante la experiencia de verla.

Dan sala y nuestros imaginarios cargados de fúbol entran. Ya están en la escena, y ese retrato suspendido en el aire me dice que son todos los que están.

Una frecuencia desconocida comienza a escucharse. Entre ruidos casi fuertes, casi molestos se dejan ver cuerpos quietos pero atormentados. La penumbra amarillenta los descubre mirando la tele sufridamente.

La frecuencia ya se parece levemente a un relato futbolero, o yo, que no puedo parar de pedirle fútbol a la obra, porque eso me explicaron, asumo tácitamente todas las imágenes que me quieran ofrecer. Además de que el ruido a cancha más la inconfundible voz relatora confirman cualquier asociación que podamos hacer, por más sutil que sea. 

Los cuerpos ya no están tan quietos mas sí muy atormentados. Es que el gol fue del adversario.

Movimientos atléticos y virtuosos se me hacen gambetas animaladas por el aire. Observo cómo se vinculan con los objetos que hay en la sala mientras pienso que La Pelota es una obra de danza que propone un tipo de escena que por momentos se vuelve muy teatral. Coqueteando con lo representativo a una distancia prudente que imponen cuerpos absurdos que no terminan de llorar para reír. Y eso nos da mucha gracia. 

Esta obra no teme a simbolizar, ni a serle fiel a imágenes y sentimientos comunes y triviales, ni tampoco a hacernos parte de todo eso que es La Pelota. Por momentos, encuentra una forma de representar en lo humorístico-bailable que me resulta bastante propia de la danza contemporánea. Aquello de encontrar nuevas formas de experimentar lo cotidiano, en este caso, el fútbol.  Que de tan nuevos los “cómos” nos hacen dudar de los “qué”. Y en ese sentido, me pregunto cuánto de todo esto aparecería con tanta claridad en los pensamientos de los espectadores (o por lo menos en el mío) por propia voluntad de los mismos, si esa charla del después no hubiese estado antes sino después. 

Así, La Pelota va entremezclando terceras posiciones de ballet con animales rumiando y alguien que llora en la mesa de un bar porque nos merecíamos ganar, pero bien sabemos que el fútbol no se trata de merecer sino de hacer goles. Ahora son una barra – baila – brava.

La barra se mide curiosa y desafiante. Concursa por el premio a la gracia mayor donde, sin saber cómo llegamos a esto, nosotros somos los jurados. Participan todo tipo de habilidades, desde saltos mortales hasta hilos de baba demasiado largos.

Tanta virtud termina por desvirtuarlo todo.

La guerra frutal también nos agarra desprevenidos. Insisto, una banana entre las tetas es algo muy futbolero y esta escena dionisíaca villera que vuelve a suspender en el aire los retratos, también.

Ficha técnico artística: Intérpretes: Mauro Appugliese, Julián Dubié, Lara Jazmin Ferrari, Pablo Fontdevila, Laura Friedman, Laila Gelerstein, Martina Kogan, Natalia Slovediansky /Vestuario: Estefanía Bonessa / Diseño de luces: Pablo Fontdevila/ Música: El Remolón/ Sonido: Patricio Lisandro Ortiz/ Diseño gráfico: Julián Dubié/ Asistente de producción: Julieta Brambati/ Colaboración artística: Lucas Cánepa, Anouke De Grott, Andrés Kischner/ Dirección: Lucía Magdalena Disalvo

Ph. Imagenes de registro de la obra, por gacetilla. 

Andrea Ghuisolfi

Andrea Ghuisolfi es bailarina y docente de danza. Desde hace unos años colabora en fanzines y se interesa por la escritura de danza. Este año, motivada por la idea de zambullirse en el mundo de la escritura y profundizar sus estudios de danza, vino a vivir a Buenos Aires. En Montevideo, su ciudad de origen, egresó de la Formación de creación en danza contemporánea de Espacio Jexe! y de la carrera de Docente de Danzas Tradicionales del Uruguay de la Escuela Nacional de Danza del SODRE,. Trabaja en proyectos de educación popular con niños y adolescentes de diversos contextos. También se dedica a la docencia del tango y del folclore y a la gestión de espacios para su práctica. En ellos busca vincular estas danzas con su formación en danza contemporánea, procurando una resignificación y nueva búsqueda de los lenguajes folclóricos.

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